Píldora #35 Hay quienes para relajarse se dan una ducha, preparan una tila, se plantan delante de la tele o cogen un “buen” libro. Yo desbordado por mi frenesí, preparo té y me pongo a teclear delante de una pantalla con el claro objetivo de ir bajando pulsaciones una a una, de dejar marchar lo que no es mío. Tras cada tecla, cada palabra, noto como mi pensamiento se ralentiza, se aclara. Entonces doy un sorbo al té y preparo el siguiente enfoque, la próxima estructura que veré frente a mí. Borro, repinto, sigo elaborando un texto más: una nueva y vieja cadena que me une a mi mismo. E indefectiblemente a estas alturas de escrito, el papel da un giro sobre sí mismo e imprime un estilo diferente a la pluma. Pero a mí ya no me importa, mi objetivo está conseguido. Listo para fluir hacía delante sin la carga de esa velocidad corolaria de la modernidad.
Píldora #22 Estos días, mis amaneceres resultan un poco revueltos. En primera convocatoria me estoy despertando a las cuatro o las cinco de la madrugada. La segunda es a las siete y cuarto y no es hasta que suena la tercera, diez minutos después, que me levanto de la cama. Y a partir de ahí se borra todo, no recuerdo en que he mojado los croissants, ni si he frito el pollo ayer, hoy o mañana; nada, no quedan imágenes de ese doloroso periodo que es siempre prepararse para el trabajo. Pero mágicamente, al trascurrir el día, a medida que voy invocando a los objetos, todos acuden desde su sitio habitual en mi ayuda: un libro para el metro, el pendrive, el almuerzo (¡ya guisado!), incluso las llaves que abren mi morada marcando el inicio del, corto, tiempo de vida (cocinar y retocar la casa, a mi manera) Ya de noche, a veces sueño con tal o cual amanecer, luego amanezco y luego .